Muerta pero soñando
Una de vampiros cachondos bolivianos

Es el año 1805, la ciudad de Nuestra Señora de La Paz vive con el temor de una invasión de la población indígena, mientras que en el interior de sus muros una rebelión se está gestando contra la corona española. Si esto no fuera suficiente, una hermosa vampiro está aterrorizando a la población, dejando a un reguero de sangre a su paso. Una joven espía irlandesa, en una misión para los rebeldes, es encontrada cerca del cuerpo de una de las víctimas. Es capturada, acusada de los asesinatos, azotada y sentenciada a muerte por garrote.
Deseosa de participar en la rebelión, una novicia es salvada de seguir los pasos de la espía gracias a la intervención de su tio, un sacerdote franciscano que cree que le debe ayudar en lugar de combatir a los “demonios” que asolan la ciudad. Y al acecho, en las sombras, un antiguo vampiro se encuentra en la búsqueda incesante del misterioso ser que inicialmente le rechazó.
Parece ser que Jack Avila, de orígen boliviano, se ha ganado una merecida fama de director polémico tras sus dos primeras incursiones en el género: Maleficarum, que contaba la historia de un par de muchachas de un pueblo andino condenadas a la hoguera por el Santo Oficio debido a su relación homosexual; y Martyr, protagonizada por una joven francesa del s.XXI que sufre las torturas de una virgen mártir del Siglo III d.c. Pues bien, ahora el bueno de Jack Avila vuelve por sus fueros con Muerta pero soñando (Dead but dreaming), la que se anuncia como la primera película de vampiros boliviana de la historia (mantengo la esperanza de que algún compañero boliviano contradiga dicha información). Y digo lo de que “vuelve por sus fueros” porque parece bastante evidente que Avila tiene una especial fijación por la imaginería religiosa, la tortura, la inquisición y por despelotar delante de la cámara a sus sufridas actrices protagonistas.



