Fonda Sangrienta

Sopa de virgen

Fonda Sangrienta

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3.5/5

Fonda Sangrienta

Dos hermanos regentan un restaurante vegetariano como tapadera a sus actividades caníbales. Últimos representantes de una secta de numerianos, recolectan miembros femeninos para resucitar a su diosa, Shiitar; todo ello tutelados por el cerebro de su tío asesinado. ¿Cómo acabará el ritual de resurrección de una diosa con ganas de comerse a toda la humanidas?

“Fonda Sangrienta” (como se tradujo, en su estreno en video clubs españoles, a la serie b llamada “Blood Diner”) se convierte en un placer culpable que mezcla comedia, terror y gore con el gran acierto de presentar situaciones imposibles de olvidar por únicas y alocadas. Al seguir su acabado visual, en cierta manera, los parámetros del cine que ha caracterizado a la productora y distribuidora Troma (“El Vengador Tóxico”, “Mutantes en la Universidad”, “Sgt. Kabukiman”), así como al cine de guerrillas fabricado por Frank Henenlotter (“Brain Damage”, “Basket Case”, “Frankenhooker”), quizás “Fonda Sangrienta” ha permanecido un poco a la sombra de títulos más conocidos, como los nombrados, sin que muchos aficionados hayan sabido ver más allá del acabado cafre de sus imágenes o sus actuaciones mediocres. Pero no os equivoquéis, estamos ante una de los mejores “slapsticks” que se realizaron en el cine underground del siglo pasado, y es que, como digo, ofrece algunos de los momentos más desquiciados de la serie B ochentera, con un buen acabado visual, todo el encanto de la época y el suficiente mal gusto como para sobresalir por encima de sus competidoras.

Lo mejor: El delirio combinado, pura esencia del cine de serie B ochentero, ya no se hacen películas así.

Lo peor: A veces el humor es tan chusco que te saca de la película.


German Angst

Regresa el lado más salvaje de Alamania

German Angst

Este horrible tríptico da inicio con la historia de una chica que está fascinada por la castración y mutilación, una fascinación que pronto se trasladará a su cruda realidad. A continuación tenemos a un par de amantes sordos y mudos explorando un edificio abandonado. La chica empieza a contar una fascinante y fantástica historia acerca de cómo su abuela en Polonia sobrevivió al ataque de un escuadrón de la muerte de las SS. Pero antes de que pueda terminar su historia, son interrumpidos por una banda de neonazis. La pieza de cierre cuenta la historia de un fotógrafo, fascinado por una chica que conoció en un club. Ella le atrae a una sociedad privada exclusiva donde sus miembros se entregan a sus más bajas pasiones en una frenética carrera por transgredir las fronteras de la vida y el dolor.

Tres pesos pesados del género alemán se dan cita para dar vida a una trilogía que, si hacemos caso a los primeros compases del tráiler que os ofrecemos a continuación, versa sobre el amor, el sexo y la muerte. Tres apellidos a recordar: Marschall, Kosakowski y Buttgereit. Al primero de ellos, Marschall, ya lo tuvimos en estas páginas tras el estreno de penúltima película, Masks, un neo-giallo que cosechó muy buenas críticas y que se alejaba de su aclamado debut en Tears of Kali (2004). Kosakowski debutó con la controvertida Zero Killer (2011), una propuesta a medio camino entre la ficción y el documental en el que una serie de personas hablaban de sus fantasías de asesinato, mientras se escenificaban las mismas a través cortometrajes de muy corta duración. El tercero en discordia supongo que no necesita presentación… Jörg Buttgereit es uno de los padres fundadores del ultragore alemán. Un agitador que a finales de los 80 y principios de los 90 removía conciencias con salvajads míticas como Nekromantik 1 y 2 (John Waters definió a la primera entrega como “La primera película erótica de necrofília”), Schramm o Der Todesking.

Atlantic Rim

Cuando el plagio se hizo película

Atlantic Rim

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 1/5

Atlantic Rim

La idea de partida de Atlantic Rim es sencilla… ¡Plagiemos Pacific Rim! Puedo imaginarme la reunión de los creativos de The Asylum a solo tres o cuatro meses del estreno de la película de Del Toro:

—Sabemos que Guillermo del Toro está trabajando en una peli sobre monstruos contra máquinas llamada Pacific Rim… ¡Hagamos lo mismo!
—Pero en lugar de hacerlo en el Pacífico será en el Atlántico… y se llamará Atlantic Rim.
—¡Somos unos jo****s genios!
—Pero solo tenemos tres meses para rodarla.
—Tranquilo, hay tiempo.

Tan solo empezar ya podemos ver el nivel de Atlantic Rim, cuando un gigantesco monstruo hunde una plataforma petrolífera y al responsable de esta solo se le ocurre exclamar —si es que a eso se le puede llamar exclamación—: «¡Jesús, María y José!» Únicamente cuatro palabras son suficientes para saber cual será la tónica de esta brillante película. Y eso es solo el principio, a partir de aquí la serie de aberraciones cinematográficas va en aumento. Valga como ejemplo el momento en el que el temido monstruito —cuya calidad gráfica es igual de buena que la versión preliminar de un videojuego sin renderizar de finales de los noventa— ataca una playa y un grupo de apenas cinco soldados decide defender a los bañistas disparando sus ametralladoras a un centenar de metros, descubriendo que sus balas no son suficientes para derribar a un monstruo de una veintena de metros.

Lo mejor: no verla.

Lo peor: hacerlo.


Las llamas del infierno

Un relato de Francesc Marí

Las llamas del infierno

Apresuradamente cerró la puerta tras él. No estaba nervioso, pero no quería que nadie lo interrumpiera. Su celda, iluminada por la reluciente luz del mediodía, era mucho más alegre de lo que a él le parecía. Las largas noches sin poder dormir le habían enseñado a temer a la oscuridad, y más desde que había descubierto algo inconcebible. Algo que la percepción humana era imposible de asimilar y comprender…

Con largas zancadas sobre el suelo enlosado, cruzó los apenas tres metros de profundidad de su dormitorio, acercándose a la ventana del fondo. En el exterior, como era habitual todos los domingos y fines de semana, centenares de turistas e infieles llenaban las pocas y estrechas calles del monasterio en el que vivía. Aquel lugar de culto y reflexión se había convertido, con el paso del tiempo, en una atracción turística más y en una fuente de ingresos para los avariciosos dirigentes del obispado.