El terror invisible de cincuenta metros
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Animado por el inminente estreno de Godzilla: rey de los monstruos, la secuela de la adaptación americana que hizo Gareth Edwards en 2014, por fin he decidido escribir sobre una de las películas más importantes en mi pequeño mundo de aficionado.
Antes de entrar en materia, me gustaría aclarar que la versión sobre la cual se hará referencia será siempre el corte original japonés de Ishirô Honda, previo a los recortes e insertos comerciales por parte de la distribución americana, con los cuales la propia Toho estuvo conforme. Creo importante constatar esto, puesto que la simple existencia de una versión suavizada de una película tan socialmente comprometida habla directamente de lo afilado de su discurso y de lo potente que fue y sigue siendo hoy en día.
Tendemos a considerar el cine de monstruos gigantes, el kaiju eiga, como un subgénero más próximo a la serie B, el explotation o directamente al trash. Y esto es totalmente lícito, puesto que la gran mayoría de producciones de este cariz forman parte directamente de cualquiera de estas subcategorías. De hecho, la evolución de la serie originada a partir de esta ‘Japón bajo el terror del monstruo’ acabaría derivando, y más de una sola vez, en títulos que harían las delicias del público de cualquier doble sesión de medianoche. Y es por eso, justamente, que esta primera (y única en su propio universo) entrega del rey de los monstruos suponía un golpe sobre la mesa. Puesto que no solo la potencia de su núcleo en forma de metáfora era devastadora, sino que suponía una total declaración de intenciones a favor de la narrativa fantástica más extrema como comunicadora de primer nivel. Honda, apoyado por la Toho, que se veía deslumbrada por el reciente éxito de otras producciones monstruosas como ‘King Kong’ o ‘El monstruo de tiempos remotos’, creían en un proyecto que, pese a su carácter más freak, tenía capacidad más que suficiente para hablar sin tapujos de una de los problemáticas más serias y preocupantes del momento.
Lo mejor: una metáfora afilada capaz de traspasar los tejidos sociopolíticos mejor hilados.
Lo peor: que siga despertando recelo bajo el estigma de las "películas de monstruos".