Por Alicia Domínguez y Víctor F. Corven
La oscuridad trajo la calma.
Puede que el delirio trajera el conocimiento. Se que la consciencia me arrebató la humanidad. ¿Qué humanidad?… buena pregunta.
Creo que el libro de la vida no es triste, solo cuenta con capítulos amargos,también creo que mi vida ya no me pertenece.Solo quiero cerrar ese puto libro y esperar que pase lo que tenga que pasar.
Puedo sentir toda esa oscuridad, noto la larga lengua de la humedad lamiendo todo mi cuerpo. Me acurruco en una esquina intentando sentirme segura,intentando abrazar un cuerpo, que no es otro que el mío.
Me duele la muñeca y tengo tres uñas rotas. Dos me las rompí arañando la pared en un estúpido intento de salir de allí como fuera. La tercera, me la rompí mordiéndola psicóticamente en un vano intento de autocontrol. Cuando la sangre me corría rápida por el dedo y las punzadas de dolor cada vez eran mas frcuentes, paré de morder y empecé a chupar la sangre oxidada de mi labio.
En lugar de arañar la pared, tendría que haberme arañado el pecho hasta dejar el corazón al descubierto. Está claro que a mi solo me sirve para bombear una sangre amarga y caducada, para sacarla y meterla por unos conductos tan inútiles como la sensación de asco que me recorre estas malditas venas.
Un corazón para las ratas, unas ratas con mas corazón que yo.
Siempre tuve claro que terminaría así,aunque los matices, que al final son los que determinan si las cosas salen bien o mal, no son como yo esperaba.