Un magnífico survival, violento y cruel
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James Watkins, director inglés del que se conoce poco más que su esperado guión para la secuela de The Descent, es el responsable de una de las óperas primas más contudentes e impactantes que logro recordar. Watkins demuestra ser un tipo listo, y para dar forma a su excelente carta de presentación como director adscrito al género, decide cruzar el canal de la mancha (vía Eurotúnel) y arrimarse a la nueva corriente del cine francés de terror (Alta Tensión –Haute Tension, 2003-, Frontière(s) 2007), con el que Eden Lake comparte, sin duda, muchos de sus argumentos, tanto estéticos como de fondo.
“Eden Lake” sale victoriosa en aquel apartado que, una película de sus características, reclama con más fuerza: la creación de una atmósfera inquietante, tensa y realista; cuyos primeros síntomas de incomodidad y conflicto generacional –ver la estupenda escena del primer encuentro entre el protagonista y el grupo de jóvenes. Un roce aparentemente sin importancia, pero que sabe transmitir la inquietud de que algo terrible va a suceder- se ven aumentados en progresión geométrica a medida que avanza la trama, hasta convertirse en una vorágine de violencia descontrolada y crueldad sin límite.
Pero lo realmente destacable de “Eden Lake” es que no se limita a sacudir conciencias a través de una espiral de situaciones que transmiten una intensidad y sadismo difíciles de soportar (algo a lo que sí se ceñía la estimulante Frontière(s)). Watkins se permite el lujo de introducir, sin demasiadas sutilezas, un cierto discurso social muy en boga en los tiempos que corren: el de una sociedad cada vez más entregada a la agresión y la violencia injustificada como único medio de expresión ante situaciones que perturban el estatus logrado por cada individuo.
Lo mejor: La fuerza, crueldad e intensidad de la atmósfera que envuelve al film.
Lo peor: Que alguien pueda –justificadamente- presentar algún reproche moral a la visión que da sobre la violencia.