Un entretenimiento macabro de Jorge P. López
Hundo mis manos muy dentro de esta ponzoña oscura. Apenas puedo distinguir los bordes del charco, la tenue iluminación amarillenta, que proyecta la diminuta bombilla del techo, hace casi un milagro distinguir detalles como los colores o las formas. El hedor metálico es insoportable hasta para mi apagado sentido del olfato, así que trago aire a través de la boca. Cortas bocanadas calientes que ponen a prueba la resistencia de mis pulmones, ¡pobre órgano castigado a lo largo de tantos años sirviendo en un club de fumadores! Mis pensamientos divagan intentando esquivar las sensaciones que la piel de mis manos emite en alaridos sinápticos. Suave, resbaladizo, húmedo: el charco no puede menos que provocar nauseas. ¿Qué serán esas motas negruzcas que flotan y se pegan a mi muñeca desnuda como garrapatas? Tal vez sean monstruitos de mi imaginación. Debo concentrarme o acabaré vomitando lo que hace días no como, mirar la cremosa superficie ondulando, a consecuencia de mis indagaciones, será un seguro detonante. Vomitar es un lujo que no puedo permitirme, necesito las escasas calorías que aun almacena mi menguante tejido adiposo y no sé cuanto tiempo más pasaré en la celda. Si encontrase la llave pronto tal vez tuviese alguna oportunidad, pero por mucho que remuevo el blando fondo de aquel diminuto lodazal no doy con la pieza metálica que la mulata había tirado mientras se burlaba de mi.
De haber sabido que terminaría en una situación tan comprometida nunca hubiese seguido aquel culo, pero si todos supiésemos como iba acabar un arrebato sexual probablemente nacerían menos niños. Aquella impresionante mujer de piel color crema, pelo afro y ojos verdes me encandiló con solo su vertiginoso escote trasero. Llevaba un traje dorado que el mismísimo Marqués de Sade consideraría obsceno, el traje era completamente abierto hasta la frustrante unión que impedía disfrutar de la sabrosa carne de sus nalgas. En perfecta soledad, sentada sobre el borde de un butacón desgastado, presumía de una espalda perfecta que retorcía para llamar la atención de los hombres allí reunidos, que eran todos los presentes menos ella. Sin embargo, cuando apuraba las heces del segundo puro me lanzó un guiño cómplice y señaló la salida con una sonrisa.