The Poisoning

Un mal viaje lo tiene cualquiera

The Poisoning

Matt, con la ayuda de su nuevo amigo Riley, viaja hacia Los Ángeles, California, para cumplir su sueño de convertirse en director de cine. Todo parece ir bien, hasta que Chaps, el mejor amigo de la infancia de Matt, decide apuntarse al viaje. Cuando los viejos amigos no se llevan bien con los nuevos amigos, los celos entran en escena. Y si eso no fue suficiente , un autoestopista amenazante convierte el viaje en una enloquecida persecución fuera de control.

Hay un par de lecciones que ya deberíamos tener muy bien aprendidas. Mezclar drogas con una película de terror no es buena idea. Si te drogas… mueres. Y lo habitual no es que mueras por un mal viaje. En realidad ahora estás agujereándote la vena, y a los cinco minutos estás siendo despedazado por un demente que viste camisa de leñador y maneja el hacha como si fuera una navaja suiza. Lo cual nos lleva a la segunda lección: si ese mismo leñador insiste en susurrate viejas historias de terror durante la noche y al calor de una hoguera… huye. Huye como alma a la que persigue el diablo. El asesino de la historia que te está contando muy probablemente sea él mismo… de manera que tú tienes todos los números para ser su próxima víctima. Ahhhh… los grandes tópicos de las películas de terror. Despotricamos de ellos a la menor ocasión, pero supongo que en el fondo les tenemos cierto cariño y siempre guardaremos un rinconcito para ellos en nuestro corazoncito.

Dark Circles

Ojeras

Dark Circles

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 2.5/5

Dark Circles

Alex y Penny acaban de ser padres. ¿En serio? Y como quieren criar a su retoño en un ambiente de pureza y meditación trascendental se mudan a una casa en el campo ¿En serio? Por desgracia, cuando llegan allí se encuentran con que algo extraño les amenaza. ¿En serio? Bueno, tan en serio no.

Resulta sorprendente que, teniendo como responsable principal del proyecto a Paul Soter, Dark Circles se alce como la mejor propuesta de lo que va del After Dark 2014 (que no es decir mucho). ¿Por qué? Bien, Paul Soter, siendo esta cinta su segundo largometraje como director y guionista en solitario, es más conocido como miembro de la troupe norteamericana “Broken Lizard”: un grupo de comediantes televisivos – al más puro estilo Monty Python pero sin el estilo y el surrealismo de sus contrapartidas británicas – que ha probado fortuna en esto del séptimo arte con bastante éxito. Entre los títulos de estos chalados encontramos Los Supermaderos, La Fiesta de la Cerveza y, una gran comedia moderna con remotos toques de terror, Club Desmadre. Por ello que, siendo Soter un artista dedicado por y para la comedia, choque ver una producción de terror totalmente funcional saliendo de sus manos.

Lo mejor: La actuación de sus protagonistas, Johnathon Schaech y Pell James, sustenta la credibilidad de sus personajes: simples pero perfectamente definidos.

Lo peor: El lado más terrorífico resulta predecible en cierta manera y la ambientación recurre a los puntos en común tan de moda en los últimos cinco años, por lo que produce cierta sensación de hastio.


The Borderlands

No todas las iglesias son del señor

The Borderlands

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3.5/5

The Borderlands

Célebre found footage precedido de múltiples alabanzas cosechadas allí donde se ha proyectado, siendo uno de los títulos mejor valorados por el público asistente al FrightFest 2013 (un logro nada fácil); y es que The Borderlands está hecha para todo tipo de paladares, inclusive para los que no somos de aquéllos que habitualmente disfrutamos del génerol del metraje encontrado. Por eso es mi deber empezar esta reseña de la siguiente manera: ¡Alabado sea el señor por crear algo como The Boderlands!

Un equipo de investigadores del Vaticano es enviado a investigar la actividad paranormal de una remota iglesia en la que Dios ya no se oculta entre los que rezan.

The Borderlands es un ingenioso found footage cuya mayor virtud es que aprende de los errores del pasado. Es una película arriesgada que apuesta, decididamente, por el efectismo (lo que resulta genial), con una clara influencia de V/H/S 2 en todo ello. No está de moda lo que se sugiere, sino lo que se muestra. Lo que me alegra es que, a pesar de tratarse de una apuesta por un efectismo continuado – sin abusar -, al menos The Borderlands nunca pierde de vista que, en última instancia, se trata de un mísero entretenimiento; que al fin y al cabo es lo que más se puntúa, lo que más se agradece y lo que permite a todo tipo de aficionados acercarse a la propuesta con ganas de ver un un buen y entretenido found footage. Y no solamente logra ser una película “visible”, sino que además The Borderland pasa por ser una propuesta inteligente. No estamos ante un found footage alocado que busca el sobresalto fácil y la locura desmesurada, como algunos de los segmentos de V/H/S. The Borderlands está bien escrita y cada giro, por muy rocambolesco que resulte a priori, queda perfectamente hilvanado y ubicado en el contexto de la historia. ¿Es quizás el guión de The Borderlands uno de los más sorprendentes de lo poco que llevamos de año? No me cabe duda…, lo es.

Lo mejor: ¿de dónde viene ese temblor? El final, ver para creer, absolutamente alucinante.

Lo peor: la duración es excesiva y se hace algo pesada. Con un buen recorte hubiera sido de matrícula.


Naked Blood

Látigo dormido, carne lacerada

Naked Blood

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3/5

Naked Blood

Hay un precipicio en la continuidad de la historia del cine de terror japonés que al no iniciado le cuesta sortear. La curva temporal imaginaria pasa sin solución de continuidad de la era Kaidan, las historias de espíritus vengativos que florecen en los 40 y viven su mayor esplendor durante los 50 y los 60, al J—horror, que surge a finales de los 90 y se nutre, principalmente, de Ringu (1998), una de las obras más influyentes de las últimas tres décadas —en dura pugna con El proyecto de la bruja de Blair—, y que con el tiempo se ha constituido en algo así como la «marca Japón» del cine de terror nipón, hasta el punto de ser exportada e imitada hasta la extenuación, primero por los vecinos asiáticos, y después por el resto del planeta. Dicho lo cual, no está de más apuntar que, en el fondo, el J—horror no es más que una actualización de los kaidan clásicos pasados por la túrmix tecnológica, una suerte de versión 2.0 con infinitas ampliaciones.

Se conoce que a la vera de estas producciones han caminado desde los 50 hasta el presente los sempiternos Kaiju eiga. Por otro lado, el país del sol naciente nos viene regalando de un tiempo a esta parte una alternativa a la clonación en masa de Sadako. Se trata de un sub(sub)género que combina el cyberpunk, el splatter y la cifi, al que algunos se refieren como «cyber—gore», «punk—horror» o «psychosexual horror». Aquí encontramos títulos como Tokyo gore police, Robo Geisha o Frankenstein girl vs vampire girl. Dicho esto, aún quedan en el aire los 70, los 80 y los 90. Los primeros está aún dominados por las producciones pinku eiga. El panorama del cine internacional experimenta un cambio notorio, es la década por excelencia del cine exploitation. Con los kaidan dando sus últimos coletazos, el terror anda buscando y tanteando nuevas vías de renovación. No hay una clara tendencia en estos años, si acaso, determinadas cintas que han pasado a la historia del género por su calidad, por su singularidad o por ambas cosas: Hausu (1977), Shura (1971), The village of eight gravestones (1977), algún kaidan trasnochado como Curse of the dog god (1977), la trilogía vampírica de la Toho compuesto por Vampire doll (1970), Lake of Dracula (1971) y Evil of Dracula (1974), o las numerosas adaptaciones de Edogawa Rampo. El uso extremo de la violencia de determinadas producciones, en especial la serie Joy of torture iniciada por Teruo Ishii y ciertas películas de Koji Wakamatsu como Violated angels (1967), abre un nuevo camino a seguir por el terror nipón, cuyas historias de fantasmas vengativos habían quedado un tanto desfasadas. En el libro Flowers from hell podemos leer lo siguiente: «Las raíces del splatter japonés no se encuentran en el género de terror, sino únicamente en las pinku eiga, películas soft—core japonesas que forman una parte substancial de la producción doméstica de los 60 y 70». En este sentido, se destaca Beautiful girl hunter (1979) como uno de los títulos de ese nuevo terror que se presiente en los 70 y explota en la cara de los espectadores en los 80 y que, al igual que la saga de Ishii y todo el pinku más perverso y violento, tiene precedentes en títulos como Kyuju-kyuhonme no kimusume (1959), Daydream (1964) o Black snow (1965), y también, en tanto que brutal retablo de violencia explícita y nueva y novedosa forma de acometer el género, en la mítica Jigoku (1960) de Nobuo Nakagawa. Al igual que ocurre en el resto del mundo, el cine de aquella década decide mostrar los aspectos más trágicos y desagradables de la realidad en toda su crudeza, y para ello se recurre a dos ingredientes básicos: el sexo y la violencia. Tal y como apunta Peter Tombs en su Mondo macabro: «Sexo y muerte, los componentes clave de las películas de terror, llevan mucho tiempo asociados en la psique japonesa». Es entonces cuando irrumpen los 80.

Lo mejor: el mejor Sato en una historia personalísima.

Lo peor: demasiados aspectos quedan sin limar; podría haber sido algo mucho más grande.