The Disappointments Room
Son dos fichas para entrar

El señor de las ferias, con su dulce voz amplificada por un megáfono de juguete, cantaba las glorias de la tómbola regalando perrito tras perrito piloto, y alguna muñeca chochona para evitar la saturación popular. Al fondo de la rifa, poblada de jamones de pega, entre el ecosistema de patitos de goma de la piscina y los arrebatos epilépticos del Gusano Loco, encontramos La Mansión del Terror: papel maché, maniquíes con capa y peluca, colores chillones y vagonetas disfrazadas de fosforescente adentrándose en una oscuridad plagada de carcajadas y alaridos de pega. Daba igual la ciudad, el pueblo, fiestas regionales o trashumancia por delante de los recaudadores del ayuntamiento… todos hemos estado dentro de una de ellas, asombrándonos del escaso precio que tiene el terror, cuestionando el roce de los murciélagos de plástico. Esas casas encantadas que sólo son fachada y tras la carcasa ni un mísero ático donde descubrir los secretos de la familia. ¿Dónde están? ¿Se han perdido bajo una tonelada de recuerdos adolescentes? ¿Dónde están? ¿Siguen viajando a lomos de la nocturnidad, esperando el público invisible de un pueblo abandonado que los acoja? ¿Dónde están? ¿Oxidándose en cementerios de elefantes metálicos? Repito, porque los descampados desiertos ya no huelen a dulce de algodón, ¿dónde están?




