Penetración mental-vaginal
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Un peluquero corta la larga melena oscura de una joven que permanece indiferente… y mientras los mechones caen, su mirada comienza a converger con la del espectador y, paulatinamente, se llena de oscuridad y hostilidad hasta terminar en un amenazante plano final cargado de, lo que yo intuí, era furia y rencor. La siguiente imagen es de un primerísimo plano de una vagina: un espéculo de ginecólogo abre la cavidad para que podamos ver su carnoso interior. Mientras el metal se retira y los labios recuperan su forma, la vulva funde con un plano del ojo, en vertical, de la protagonista… Que nadie piense en algo chabacano u ordinario, el director François Ozon nos introduce, nunca mejor dicho, con gran elegancia en estas secuencias a uno de los filmes más malsanos y turbadores de la industria actual y establece una conexión que reiterará a lo largo de toda la cinta: sexo y cabeza están conectados.
Chloé (Marine Vacth) vive aquejada de dolores de tripa que no parecen tener explicación médica. Acude a un psicólogo para ver si el problema es de índole mental y logra dos cosas: que los síntomas remitan y comenzar una relación sentimental con su terapeuta Paul (Jérémie Renier). Al poco de empezar a vivir juntos, la insatisfacción de la joven comienza a asomar y se llena de sospechas con respecto a su novio, al descubrir que éste tiene un gemelo, también terapeuta, del que niega su existencia.
Lo mejor: Enfermiza, sexual y oscura. Una pesadilla freudiana de factura impecable.
Lo peor: Una conclusión precedida de un exceso de giros que desmerece al conjunto.