El día de furia de Uwe Boll
Bill parece un chico normal. Es cierto que la cuerda que le une a sus padres se tensa por momentos (sus progenitores le informan de que ya es hora de ir pensando en abandonar el nido) y que su supervisor en el trabajo le aprieta las tuercas de forma injusta. Pero más allá de una serie de “contratiempos” habituales en un chico de su edad – 23 años -, nada hace prever que Bill vaya a convertirse en el principal protagonista de un inusitado arranque de violencia culminado con la muerte de docenas de personas inocentes.
Ataviado con una potente armadura que adquiere por piezas, armado hasta los dientes y, lo más peligroso, ejecutando un detallado plan que no deja un solo cabo suelto, Bill recorre su pueblo natal disparando a bocajarro a toda persona que tenga la funesta suerte de cruzarse en su camino. ¿El resultado final? Una matanza. Los cuerpos sin vida de decenas de inocentes yacen muertos en mitad de la calle.
Lo mejor: su salvaje y radical concepto de la violencia y su giro final, el cual nos lleva a replantearnos buena parte de lo visto hasta entonces.
Lo peor: los 40 minutos iniciales, que parecen justificar de algún modo el comportamiento de Bill, pueden resultar aburridos a más de un espectador.